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Lusaka

De niñas, podíamos ver la Estatua de la Libertad desde la “Punta da Barca”. Especialmente en los días despejados: mira, allí está el brazo, muy pequeño... ¡Ah sí!...

Para nuestra ilusión infantil, el Atlántico era un charco más en el que jugar y al que poder vaciarle el agua batiendo fuerte los pies.

Por razones así, cuando nos preguntaban qué queríamos ser de mayores, no percibíamos límite alguno en la idiosincrasia y magnitud de nuestros anhelos. Al contrario, cuanto mayor era a utopía, más fácil de conseguir se nos antojaba.

Pero, a medida que fuimos creciendo, nuestras perspectivas disminuyeron, hasta encontrarnos cegadas por la edad adulta. De esa forma, la madurez nos robó la capacidad de avistar el cielo de New York desde la “Costa da Morte”.

Con el fin de compensar tan inmensa pérdida, ahora me gusta recordar, desde esta banda del océano, cómo sueñan los personajes de Salinger al lado del Hudson. Ellos, al igual que nosotros, tampoco lograron trabajar en lo que deseaban. De la misma manera que Holden Cauldfield no pudo ser vigilante entre el centeno, yo no conseguí convertirme en guardiana del horizonte, pues la Estatua de la Libertad se fugó de nuestra custodia sin casi enterarnos.

Rosalía Fernández Rial

 

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